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«De las tinieblas a tu admirable Luz»

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:19
guardado en
La presentación de este libro marca una nueva etapa en la historia de la Congregación de las Hermanas Dominicas de la Inmaculada Concepción y más que una biografía de la fundadora, pretende plasmar el alma y la personalidad de Eduviges Portalet en esta llamada personal que Dios le hace a formar esta familia religiosa, para "SER OJOS DE LOS QUE NO VEN".

Las autoras, Madre Marie de l' Inmaculée Hervé, Marie Annick Dupuis, Marie Mélanie Díaz, María Eugenia Valdivieso, han leído los apuntes de la misma madre fundadora y han procurado guardar respetuosa fidelidad a la "Historia del Origen de los comienzos de la Congregación" escritos por el puño y letra de Madre Eduviges, y también por su corazón.

La Congregación nace en Toulouse, Francia, hacia 1869 y pocos años después, en esa visión profética y misionera de Madre Eduviges, se extiende hacia América, en el Ecuador y posteriormente al Perú.

¿Quién escribió estas páginas? Es maravilloso decirles que, ella misma. Por la sencilla razón de que la fuente principal de consulta, con la cual se ha procurado guardar una respetuosa fidelidad, es el cuaderno donde ella fue narrando la "Historia del origen, de los comienzos y de los progresos de la Congregación de hermanas de la Inmaculada Concepción de Toulouse".

Cuando he hablado de una "respetuosa fidelidad" a la Historia escrita por Madre Eduviges, debo aclarar que no se trata de una transcripción textual de esa Historia a este libro; no había objeto. Esta es una biografía en la cual, la "columna vertebral" son las memorias históricas escritas por la protagonista. Pero, la biografía exigía un ensamblaje con otros tantos elementos; requería la organización adecuada de los datos. "La Historia" escrita por Madre Eduviges en su idioma francés, sigue intacta y constituye otro libro publicado ya, que la Congregación debería reeditarlo y no perderlo jamás.

La segunda fuente de información, son los manuscritos de la Madre Francoise Lohier, tan íntimos y genuinos, que no son sino continuación de Madre Eduviges. Así, en las páginas que siguen, tendremos la oportunidad de encontrarnos con Madre Francoise (no puede ser de otra manera), porque "Dios unió de los dos extremos de Francia a estas dos almas" y las enlazó en el dolor y en todas las encrucijadas de una aventura, tan humana y tan divina, como toda misión inspirada y tan divina, como toda misión inspirada en el Evangelio".

Madre Marie de l'Immaculée Hervé
Ex Priora General de la Congregación

CANTOS

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:12

DOMINIQUE

Dominique, nique, nique
pobremente por ahi
va él cantando amor
y en lo alegre de su canto
solamente habla de Dios
de la Palabra de Dios.

 

 Cierto día en el camino
un ateo se encontró
pero el Padre Dominique
con su fe lo convirtió Contagió a todos los niños
de su gran amor a Dios
y a las hermanas piadosas
una Orden les fundó. En casa de Dominique
no había nada que comer
ángeles con panes de oro
del cielo fueron a él. Dominique vio en sueño
pecadores por doquier
bajo el manto de la Virgen
de este modo lo soñó Dominique Padre Nuestro
cúbrenos con tu gran fe
para que a nuestros hermanos
siempre guie la verdad. El silencio es importante
en el estudio y la oración
Dominique Nuestro Padre
contempló y predicó
 
HIMNO A LA CONGREGACION

A LA SOMBRA DE LA INMACULADA
EDUVIGES PORTALET NOS FORMÓ
CUAL FAMILIA QUE A DIOS CONSAGRADA
SIRVA AL MUNDO EN POBREZA Y AMOR. (BIS)



Nuestra cuna en la historia fue Francia
Junto al pobre y privado de luz.
La ceguera, el dolor, la ignorancia
Nos demanda una entrega de cruz.
La Palabra divina, el silencio,
La oración, el estudio y la paz
Son la fuente de ardor misionero
Por sembrar Evangelio y bondad.

 Fue Jacinto Cormier quien forjara
En la Iglesia nuestra identidad;
Dominicas de la Inmaculada
Para hablar y vivir la VERDAD
De Domingo Guzmán una estrella
Para siempre su lema nos dio:
Alegría y verdad son sus huellas
Y "hablar siempre con Dios o de Dios".

La ceguera de un mundo en tinieblas,
La injusticia y la ausencia del bien,
Son el grito que nos interpela
A "Ser ojos de los que no ven"
Nuestra opción: la niñez, los enfermos,
El leproso, los pobres de amor.
Y en los jóvenes vamos tejiendo
La esperanza de un mundo mejor


HERMANAS DOMINICANAS

 Somos Hermanas Dominicanas (bis)
con un ardoroso afán
de dar amor y Verdad (bis)

 

La mies ya blanquea
sobre las colinas
esta es tu llamada
Jesús, Rey de Amor

Somos tus obreras
en esta rica mies
dichosas estamos
en este trabajar

 

CONSAGRACIÓN A LA INMACULADA CONCEPCIÓN

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:11
guardado en

Santísima Virgen María, Madre de nuestro Divino Esposo, venimos en este día, tan glorioso para Ti, en el cual celebra la Santa Iglesia tu Concepción Inmaculada, a consagrarnos a Ti del modo más perfecto que se puede imaginar, no solamente como cristianas sino como religiosas e hijas de Santo Domingo.

Te escogemos desde ahora y para siempre por Superiora y Dueña de nuestra Congregación; poniendo en tus manos maternales nuestros más caros intereses. Vela sobre nosotras, oh Madre nuestra. Aleja de esta familia los peligros que pudieran amenazarla. No permitas jamás que sea admitida entre nosotras persona alguna, que no sea llamada verdaderamente por tu divino Hijo a servirle en la perfección de su amor.

Danos a todas la gracia preciosa de la santa perseverancia. Une nuestros corazones con los lazos sagrados de la dulce caridad. Excita en nuestras almas el amor a las virtudes y a la vida sobrenatural. Enséñanos, Virgen Santísima, la humildad, el olvido de nosotras mismas y haznos comprender la felicidad escondida en la valerosa abnegación. Presérvanos, también, de todo accidente, de todo mal temporal; aleja de nosotras los incendios, las murmuraciones, los temblores y las muertes repentinas.

Da prosperidad a las obras que nos has confiado y prepara con tus maternales manos a aquellas que deseas confiarnos en adelante. Envía a tu pequeña viña vigilantes y sabias obreras; inspira a los corazones generosos el deseo de unirse a nosotras para servirte y amarte. En fin, dulce Madre, tierna Madre, escucha maternalmente todos los santos deseos de nuestros corazones. Vela, de un modo muy particular sobre nosotras, llamadas a servir a Nuestro Señor en la tierra americana.

Extiende sobre nosotras tu mano protectora. Estimula nuestro celo y fortifica nuestro valor. Que sembremos con fruto las santas enseñanzas del Evangelio. Conserva nuestra salud, que sólo deseamos emplearla para gloria de Jesús y la tuya. Que nuestros noviciados sean santos y florecientes. Sé para las que vendrán más tarde, la dulce estrella de los mares.

Que tus queridas hijas, las Dominicas de la Inmaculada Concepción, lleven muy alto, en todas partes, tu bandera y la de nuestro glorioso Padre Santo Domingo; que bajo ninguna razón dejen arrancar jamás ni una franja de esta querida bandera. Que las ramas trasplantadas sobre el suelo americano queden siempre unidas, por las fibras las más íntimas de su fe y de su amor, al tronco que las ha producido por la gracia de nuestro Señor Jesucristo.

Es en el día bendito de tu Inmaculada Concepción, que hemos sido llamadas a entrar en tu Orden y que nos diste a Santo Domingo por padre. Gracias, Madre querida, mil veces gracias, por este favor tan apreciado de las almas generosas y fieles. Despliega, pues, en este día tu virginal manto y abriga bajo de él, junto con los santos y santas de la Orden, a tus humildes hijas de la Inmaculada Concepción. En razón de su debilidad y de sus necesidades, dales el puesto de predilección que la Madre da siempre a sus más tiernos hijos. No permitas que por nuestra culpa salgamos jamás del dulce y seguro asilo que nos das en este día.

En fin, Madre Inmaculada, Superiora de nuestra Congregación, no permitas que ninguna de las que forman parte de ella, falte a la cita cuando vendrá el día de las recompensas; haz que todas estemos reunidas en el cielo para cantar tus alabanzas, ¡Oh María! Y las de tu Hijo que nos habrá salvado. Amén.

HIMNO A LA CONGREGACION

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:09
HIMNO A LA CONGREGACION

 

A LA SOMBRA DE LA INMACULADA
EDUVIGES PORTALET NOS FORMÓ
CUAL FAMILIA QUE A DIOS CONSAGRADA
SIRVA AL MUNDO EN POBREZA Y AMOR. (BIS)

Nuestra cuna en la historia fue Francia
Junto al pobre y privado de luz.
La ceguera, el dolor, la ignorancia
Nos demanda una entrega de cruz.
La Palabra divina, el silencio,
La oración, el estudio y la paz
Son la fuente de ardor misionero
Por sembrar Evangelio y bondad.

Fue Jacinto Cormier quien forjara
En la Iglesia nuestra identidad;
Dominicas de la Inmaculada
Para hablar y vivir la VERDAD
De Domingo Guzmán una estrella
Para siempre su lema nos dio:
Alegría y verdad son sus huellas
Y "hablar siempre con Dios o de Dios".

La ceguera de un mundo en tinieblas,
La injusticia y la ausencia del bien,
Son el grito que nos interpela
A "Ser ojos de los que no ven"
Nuestra opción: la niñez, los enfermos,
El leproso, los pobres de amor.
Y en los jóvenes vamos tejiendo
La esperanza de un mundo mejor

DEVOCIONARIO

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:08
guardado en
S.Domingo de Guzmán OH LUMEN

Oh Luz de la Iglesia, Doctor de la Verdad, Rosa de paciencia, Marfil de Castidad que nos diste a beber desinteresadamente el agua de la sabiduría; Predicador de la gracia, únenos a los Bienaventurados.
V/. Ruega por nosotros, Bienaventurado Padre Santo Domingo.
R/. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

OREMOS:
Oh Dios que iluminaste a tu Iglesia con la santidad y las enseñanzas de Santo Domingo, nuestro Padre, te pedimos por su intercesión, que ella sin ser privada de tus auxilios temporales, sea enriquecida siempre con el crecimiento espiritual. Por Cristo nuestro Señor. Amén.


PIE PATER DOMINICE

Pie Pater Dominice, Pie Pater Dominice,
Tuórum memor operum, sta coram summo Judice.
Pro tuo coetu páuperum.
pauperum, pauperum.
Sancte Pater Dominice, ora pro nobis. (2 veces)

 
PIADOSO PADRE DOMINGO

Piadoso Padre Domingo, acordándote de tus obras,
intercede ante el Sumo Juez, por tu familia de pobres.
V/.Padre Santo Domingo
R/.Ruega por nosotros.

OSPEM MIRAM

Ospem miram, quam dedisti mortis hora te fléntibus, dum post mortem promisisti te profutúrum frátribus!
Imple,Pater, quod dixiste, nos tuis juvans précibus. Alleluia.
Qui tot sinis claruísti in aegrórum corpóribus, nobis opem ferens Christi, aegris medére móribus.
Imple, Pater. Glória Patri, et Fílio, et Spirítu i Sancto.
Imple, Pater. Vel.

OH ADMIRABLE ESPERANZA

* Oh admirable esperanza la que diste a los que lloraban prometiéndoles que después de tu tránsito vendrías en ayuda de tus hermanos.
* Cumple Oh Padre tu promesa socorriéndonos con tus palabras.
* Pues fuiste tan esclarecido en milagros corporales cura nuestras almas enfermas por el pecado.
* Cumple Oh Padre tu promesa socorriéndonos con tus palabras.
* Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
* Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
* Cumple Oh Padre tu promesa socorriéndonos con tus palabras.

Sto.Domingo

ESPIRITU DE SANTO DOMINGO

"Espíritu de Santo Domingo, espíritu de Verdad, de recogimiento de alegría interior, de silencio, de amor a las almas, venid a nosotros"
(Beato Jacinto María Cormier).




ORACION A SAN JOSE

¡Oh glorioso Patriarca San José, esposo de María, acordaos de la Orden Dominicana, oh amable querubín que guardaís el paraíso del nuevo Adán, velad por la santificación de sus religiosos.
Oh Padre nutricio de Jesús cuyo poder hace posible las cosas dificultosas e imposibles; proveed a nuestras Provincias Dominicanas de santas y numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas.
Dirigid vuestra paternal mirada sobre los intereses de vuestros hijos, venid en su ayuda en las dificultades que tienen actualmente y tomad bajo vuestro caritativo amparo las necesidades de sus conventos a fin de que todo sea para mayor gloria de Dios y de vuesta amada orden. Así sea.


ORACION DE SANTO TOMAS DE AQUINO.
(Para antes del estudio)

 ¡Oh Creador inefable, que de los tesoros de tu sabiduría formaste tres jerarquías de Angeles y con maravilloso orden les colocaste sobre el cielo empíreo y distribuiste las partes del universo con suma elegancia.
Tú que eres la verdadera fuente de luz y sabiduría y el soberano principio, dígnate difundir sobre las tinieblas de mi entendimiento un rayo de tu claridad, apartando de mí la doble oscuridad en que he nacido: el pecado y la ignorancia. Tú que haces elocuentes las lenguas de los niños, instruye mi lengua e infunde en mis labios la gracia de tu bendición.
Dame agudeza para entender, capacidad para retener, método y facilidad para aprender, sutileza para interpretar y gracia copiosa para hablar. Dame acierto al empezar, dirección al progresar y perfección al acabar.
Tú que eres verdadero Dios y verdadero Hombre, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


ORACION DEL ESTUDIANTE

Oh Dios fuente de la sabiduría,
Principio supremo de todas las cosas
Derrama tu luz en mi inteligencia
y aleja de ellas las tinieblas del pecado y de la ignorancia
Dame penetración para entender
método para aprender
lucidez para interpretar y expresarme
Ayuda el comienzo de mi trabajo
y corona su fin.
Por Cristo nuestro Señor.

PANGE LINGUA

Pange lingua, gloriósi

Córporis mystérium,
Sanguinisque pretiósi,

quem in mundi prétium
fructus ventris generósi.

Rex effúdit géntium.

Canta, oh lengua, con plácida armonía
el misterio del Cuerpo glorioso
y la Sangre que el Hijo de María,
fruto real de su seno generoso
y Rey del Universo, ha derramado
por redimir al mundo del pecado. 

SALVE

Dios te salve, Reina y Madre,
Madre de Misericordia, vida y dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve a ti llamamos los desterrados hijos de Eva.
A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas
Ea, pues Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre.
Oh Clemente.
Oh piadosa.
Oh Dulce siempre Virgen María
V/. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
R/. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Amén.



INVOCACION EN FAVOR DE LA MADRE EDUVIGES PORTALET
Para rezar en forma privada
Dios uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que hiciste brillar los dones de tu gracia en el alma de la humilde María Eduviges Portalet, y quisiste que en la pobreza y en la obediencia se abandone a la Divina Providencia deseando hacer en todo la voluntad de Dios, haz que también nosotras, tus hijas, sigamos con gozo el camino de la verdad, para gloria tuya y bien del prójimo.
Por los méritos de tu sierva, concédenos la gracia que te pedimos...(formular la petición) a fin de que por su eficaz intercesión, se manifiesten para nuestro ejemplo y consuelo, las heroicas virtudes, que ella practicó generosamente en esta vida y podamos venerarla un día sobre los altares. Así sea.

Padrenuestro, Ave Maria y Gloria.

En nada se pretende prevenir el juicio de la autoridad eclesiástica. La presente oración no tiene finalidad de culto público.



  RENOVACIÓN DE VOTOS



NOSOTRAS, Hermanas Dominicas de la Inmaculada Concepción, en esta fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María en el Templo, y en unión del sacrificio que ofreció al Señor en este día, venimos a ratificar y renovar con todo nuestro corazón los VOTOS que hemos hecho a Dios, de servirle para siempre en la OBEDIENCIA a la Regla y a las Constituciones de esta CONGREGACIÓN.

LACORDAIRE

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:06
guardado en
LACORDAIRE Y LA LIBERTAD
La palabra "libertad" tiene muchos sentidos: significados políticos, económicos, filosóficos y también religiosos, así como existen muchas posibilidades de utilizar esas libertades.
A mediados del siglo XIX, Henri Lacordaire, joven abogado, más tarde sacerdote de la diócesis de París, y finalmente restaurador de los dominicos en Francia, según una concepción que se extendería prácticamente a toda la Orden, quiso cristianizar ese término.
Pronunciar la palabra "libertad" tenía entonces una connotación política y filosófica que la Iglesia no admitía, porque le parecía pertenecer a la Revolución francesa, que destruyó el orden social milenario y persiguió la religión. No es extraño que ese término empleado por Lacordaire haya chocado a algunos sacerdotes muy apegados a la Tradición de la Iglesia y muy obedientes a la Santa Sede.

Henri Lacordaire nació en 1802 cuando el imperio de Napoleón pretendía asumir la herencia de la Revolución francesa, sin caer en la anarquía para conquistar mejor a Europa. Huérfano de padre, educado religiosamente por su madre, el joven Henri perdió la fe como los jóvenes de su generación. Sin embargo, volverá "al origen", es decir, a su bautismo, cuando solo en París, comienza la carrera de abogado.
Con la fogosidad que le caracteriza, entra inmediatamente en el Seminario en 1824. Después de sus estudios de teología fue ordenado sacerdote, pero no encontró una tarea ni a su medida ni a su gusto. Entonces piensa marcharse a los Estados Unidos, tierra de libertad. Ya todo estaba arreglado cuando estalló la Revolución de 1830 en París, abriendo un período de esperanza. Con Lamennais, sacerdote prestigioso y conocido por su inteligencia y Montalembert, joven noble ligado a la causa de la libertad, fundó el períodico cotidiano L´Avenir, que enarbola el orgulloso lema: "Dios y la Libertad".

Los tres amigos y colaboradores combaten por la libertad de prensa, de asociación, de naciones y de comunidades locales, y también de enseñanza. Sin autorización, porque existía el monopolio del Estado galicano y, de hecho, anticlerical, abrieron una escuela libre y gratuita. Fueron condenados, pero hicieron oír su voz. Cuando las ideas de L´Avenir fueron condenadas por Roma, Lacordaire no renegó de su ideal de libertad, pero no se hizo solidario de Lamennais, que no quiso someterse. A Lacordaire se le confió la predicación en Notre-Dame, -caracterizada sobre todo por ser una enseñanza de tipo apologético- que conoció un éxito enorme. Pero en 1836, consciente de la necesidad de profundizar intelectualmente, se retiró a Roma.

Allí maduró la idea de restaurar la Orden dominicana en Francia, suprimida por la Revolución francesa al igual que las otras congregaciones. En una Memoria que dirigió en marzo de 1839 a "su país", es decir, a la opinión pública francesa, Lacordaire defiende el reconocimiento del derecho de asociación de los ciudadanos, que ya había sido concedido a todos salvo a los religiosos. Regresó a Francia después de tomado el hábito en Roma, en abril de 1839, y de hacer su noviciado. Revestido de su hábito blanco y negro, que no se había vuelto a ver en su país desde hacía ya medio siglo, reanudó en 1841 las Conferencias de Notre-Dame. A pesar de las dificultades, restableció sucesivamente varios conventos de dominicos que comenzaron a crecer en número rápidamente.

"Liberal impenitente" como se llama a si mismo, después de la Revolución de 1848, que estableció la República, Lacordaire fue elegido diputado, pero dimitió rápidamente, comprendiendo la incompatibilidad de la vocación religiosa con los combates arriesgados de la política. En diciembre de 1852, después del golpe de estado de Napoleón III, que creó ilegalmente un Imperio autoritario, se retiró de la vida pública, considerando con orgullo que siendo él mismo "una libertad", debía "desaparecer con las otras". Se consagra a la tarea de Provincial y funda nuevos conventos antes de agotar sus últimas fuerzas en la enseñanza de los jóvenes mediante la creación de colegios cuyo espíritu y pedagogía estaban inspirados en los principios católicos.

Lacordaire defenderá hasta el extremo las consecuencias de su "liberalismo católico", tales como la separación de la Iglesia y el Estado o incluso su preferencia por un papado liberado de las tareas temporales de los Estados de la Iglesia en Italia. Murió el 21 de noviembre de 1861. Lacordaire se convirtió en campeón de la libertad en todos los campos, persiguiendo muy conscientemente un objetivo, que consideraba, con razón, ser el del futuro: la reconciliación de la Iglesia y el mundo moderado surgido de la Revolución francesa de l789. En ese sentido, Henri-Dominique Lacordaire puede ser considerado como un precursor de Concilio Vaticano II.

¿Qué es la libertad?

Hemos visto que Lacordaire durante toda su vida ha combatido por la libertad, y por esas libertades concretas sin las cuales la misma libertad no es más que una palabra vana. Ciertamente, hablando con propiedad, él no propone una "teología de la libertad", porque no es un espíritu sistemático, a pesar de los esfuerzos de organización de las Conferencias de Notre-Dame cuando quiso darles una estructura para su publicación. Es uno de sus límites. Tampoco encontraremos en su obra una reflexión sobre los aspectos sociales de la libertad cristiana, que hubiera sido muy bien acogida en ese siglo XIX de la Revolución industrial. Pero Lacordaire construyó una especie de apologética de la libertad muy enraizada en la experiencia personal y en la experiencia eclesial.

El camino hacia la libertad interior

Lacordaire, como toda su generación, ha sido educado en la independencia de espíritu y de comportamiento, como él mismo declara en su Nota autobiográfica: "Hijo de un siglo que casi no sabe obedecer, la independencia había sido mi lecho y mi guía". Su conversión revestirá, pues, la forma de un caminar hacia la libertad interior que le conduce a Cristo. En 1846, en Notre-Dame, grita evocando este itinerario: "vuelvo a esta vida cuyo perfume he respirado desde mi nacimiento, que mi adolescencia ha desconocido, que mi juventud ha reconquistado, que mi edad madura adopta y anuncia a toda criatura" (Conferencia 37, t.IV, p.7) Esta vida se hizo posible por una liberación primero de la inteligencia y luego del corazón. Este trabajo que ha querido realizar para sus contemporáneos mediante la predicación, sobre todo en Notre-Dame, "mediante una palabra amiga, una palabra que más que recomendar suplica... que trata con la inteligencia y le aporta la luz, del mismo modo que se cuida la vida de un ser enfermo y tiernamente amado" (prefacio de las Conferencias, t.II). Pero es preciso tocar también el corazón; término tan profundamente bíblico, agustiniano, pascalino y, en efecto, también lacorderiano, porque, de hecho, aparece sin cesar en las palabras y en los escritos de Lacordaire.

La iglesia liberadora pide ser libre

Esta conversión personal se enraíza en un sentimiento muy claro de pertenencia a la Iglesia. Solamente en la Iglesia se realiza esta liberación. Lacordaire lo dice explícitamente cuando tiene que distanciarse del sistema de Lamennais y juzgarlo severamente: "he aprendido con mi propia experiencia que la iglesia es la liberadora del espíritu humano y, como de la libertad de la inteligencia proceden necesariamente todas las otras, he percibido bajo su verdadera luz las cuestiones que dividen al mundo de hoy" (Oeuvres, t.VII,p161). Por eso la Iglesia debe ser libre ella misma para ser un lugar de libertad.

Porque la Iglesia saca su fuerza, hacia dentro, de la gracia y de la institución divina y, hacia afuera, de la libertad. En 1835, en Notre-Dame (6a. conferencia), queriendo mostrar que la gracia es en sí misma libre y, que fortalecida por este elemento divino la Iglesia se apoya sobre la libertad, elemento también divino, resumió la realidad eclesial del modo siguiente: "la predicación libre del Evangelio, la oblación libre del sacrificio y la administración libre de los sacramentos, la práctica libre de la virtud y la libre perpetuidad de su jerarquía".

La amistad, "signo de un alma grande"

En el pensamiento y sobre todo en el comportamiento de Lacordaire hay una gran insistencia sobre la amistad, sobre la simpatía, el intercambio de sentimientos auténticos fundados sobre esta búsqueda incesante de la libertad. ¿No se define la amistad por la libre elección, la libre fidelidad y la libre búsqueda del bien común?

La correspondencia de Lacordaire revela hasta qué punto toda su existencia ha estado polarizada por la amistad; la amistad ha sido el gran asunto de su vida; de ella habla en todas las épocas de su vida sin desdecirse y sobre todo sin renegar de ninguna de sus amistades, salvo quizá en el caso de Lamennais, al que, por otra parte, no consideraba como amigo, sino más bien como un maestro de carácter extraño. Ninguna palabra está presente con tanta frecuencia en sus cartas como la palabra "amistad", salvo quiza la palabra "libertad" o "corazón"; tres realidades espirituales que para él están totalmente unidas.

Existen las amistades de la infancia y de la juventud a las que pertenecerá fiel: Prosper Lorain o Théophile Foisset, que escribió la única biografía que todavía es verdaderamente indispensable. Después, en la época de l´Avenir, está la amistad, nunca exclusiva pero siempre apasionada, con Montalembert, ocho años más joven que él, aristócrata mientras que él se pretende plebeyo, laico mientras él es ya sacerdote, enamorado y luego casado mientras él está consagrado al celibato. Los términos que utiliza Lacordaire en sus intercambios son tan cercanos al lenguaje de los enamorados que fue necesaria una gran dosis de ingenuidad y de pureza para osar escribirlos. Pero nos encontramos en pleno romanticismo; y, además, Lacordaire comprende perfectamente la dimensión espiritual y psicológica de su amistad con Charles: "he unido en ti solo todas las fuerzas recibidas para otros afectos que no conoceré".

Existe un gran principio enunciado por Lacordaire: "No existen dos amores": el de las criaturas y el que nos une a Dios, a no ser que este último sea infinito (Carta a unos jóvenes). Por eso, su gran amistad con la Señora Swetchine, fundamentada en una admiración recíproca, con un matiz de veneración en Lacordaire y de protección atenta y maternal en su amiga rusa, se sitúa enteramente bajo la mirada de Dios.

Esa concepción de la mirada se revela en las páginas admirables que encontraos en una pequeña obra circunstancial, un Panegírico de Santa Magdalena, Marta y Lázaro, que según la tradición vinieron a la Provenza, ¿No eran los amigos del Señor Jesús? ¿No era su casa de Betania el lugar a donde le gustaba al Salvador ir a tomar aliento y descansar familiarmente?
A partir de ahí Lacordaire describe la belleza de la amistad cristiana y sin cesar la pone en relación con la libertad: "la amistad es el más perfecto de los sentimientos del hombre, porque es el más libre, el más puro y el más profundo". Y continúa comparándola, sin convencer siempre, con los sentimientos del amor conyugal o familiar: "fundamentada en la belleza del alma, nace en regiones más libres, más pura y más profundas que cualquier otra afección... sale del hombre mediante un acto de suprema libertad, y esta libertad subsiste hasta el final... la amistad vive por ella misma y por ella sola; libre en su nacimiento, permanece libre en su curso". Añade todavía una bella definición: "la amistad se convierte en la posesión recíproca de dos existencias siempre libres para separarse, y que no se separan nunca".

Jesucristo no ha creado la amistad, pero "le ha restituído su secreto", porque había sido hundida por el pecado. Así, con la salvación ofrecida y aceptada libremente, ya no nos llama servidores sino amigos. El ejemplo de Lacordaire está ahí para recordarnos la vocación cristiana a la libertad y nos indica el medio luminoso e llevarla a cabo: establecer amistades con nuestro tiempo, él que estimaba haber recibido como gracia el poder "oír a su siglo"; establecer amistad con los que nos encontramos, y todo ello en nombre de una amistad primordial con Jesucristo, cuyo nombre no cesa de anunciar el predicador: "Este solo nombre - exclamó en 1846 en su conferencia n.39- que en este momento abre mis entrañas y arranca de ellas este acento que me turba a mi mismo y que yo no conocía".

 

ALMA DOMINICANA

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:03
guardado en


ALMA DE LUZ Un alma dominicana es un alma de luz, cuya mirada permanece siempre fija en la claridad "inaccesible" donde Dios está escondido. Habita con El por la fe, "en sociedad" con las tres Personas divinas, verdadera hija de Dios, introducida por la gracia en la Familia misma de la Trinidad. Le resulta familiar el mundo invisible. Sigue su camino sobre la tierra en intimidad con Cristo, con la Virgen y los santos. Para ella todas las cosas son transparencia de Dios.

Pero no guarda exclusivamente su fe para ella sola. Quisiera trasmitir la llama de la fe por todas partes, por todos los rincones de la tierra, por todos los países, hasta los confines del mundo. Pertenece a la raza de aquellos apóstoles que, desde los tiempos primitivos de la Orden, fueron designados por la iglesia de una manera profética como "campeones de la fe y verdaderas lumbreras del mundo": pugiles fidei et vera mundi lumina. Esta es la clave de toda vocación dominicana: de acuerdo con la iglesia, vivir, defender y propagar la fe.

El alma dominicana sobreponiéndose al vaivén de las cosas segundas, solo juzga de los hombres y de las cosas a través de la luz de Dios.



ALMA DE SILENCIO Para realizar esta misión sublime, el alma dominicana debe ser un alma de silencio. Según el lema tradicional, la palabra del fraile predicador debe brotar de un alma de silencio: Silentium, Pater Praedicatorum.

Un alma dominicana que no gusta de largas horas de soledad y de recogimiento se engaña si cree que su acción seguirá teniendo fecundidad espiritual. Es necesario mezclarse con la gente para obrar, pero es necesario, al mismo tiempo, saber apartarse de ella para reflexionar y orar. Santo Domingo fue un alma de gran silencio. Santo Tomás fue llamado por sus condiscípulos "el buey mudo de Sicilia". El Padre Lacordaire preparaba sus brillantes conferencias de Notre Dame, de Paris, durante largas jornadas de reflexión y de intimidad con Dios.

La profundidad espiritual de un alma se mide por su capacidad de silencio.



ALMA VIRGEN Un alma dominicana es un alma virgen separada de todo mal. Se conserva toda entera para Dios en la unidad. Todos nuestros santos dominicos llevan un libro en la mano. Son vírgenes, puros, libres, sin ataduras culpables, pasando en medio de los pueblos, según la recomendación suprema de Santo Domingo moribundo, con la irradiación conquistadora de su comunicativa pureza.

La pureza es una nota característica de la Orden de la luz y de la verdad.



ALMA CONTEMPLATIVA Un alma dominicana es en lo más hondo de su ser un alma contemplativa. Vive sobre las cimas, en la pura claridad de Dios. Su mirada se identifica en la luz del Verbo, con la sabiduría de Dios. Soledad, penitencia, oración, vida de estudio, de silencio o acción, todo ello concurre a formar en el alma dominicana ese sentido de la realidad divina, del "único necesario", del cual nada, absolutamente nada, debe distraerle ni menos aún apartarle.

Tiene como divisa: todo dirigido a Dios con prontitud y altura. Quisiera que su existencia entre los hombres no fuera otra cosa que una mirada de amor puesta únicamente en Dios.

En el silencio contemplativo el alma dominicana encuentra la plenitud de Dios.


ALMA DE ORACION Y DE ALABANZA Un alma dominicana es un lo más hondo de alabanza. El espíritu de oración es el clima normal, la atmósfera divina donde el alma contemplativa se establece. No mira más que a Dios. Pondrán las criaturas agitarse en torno de ella. El alma dominicana las domina, invulnerable a su fascinación de frivolidad, inaccesible a sus voces de tentación y corrupción. Con todo, oye sus gritos de angustia, sus llamadas de desesperación, y movida de dolorosa compasión, se vuelve, suplicante, hacia el Dios de toda luz y de toda bondad para obtener la verdad y el perdón que salva.

A semejanza de Santo Domingo, cuyos "rugidos" aterraban a los frailes durante la noche, la oración apostólica y ardiente de un alma dominicana debe convertirse en "clamor" de redención, acompañado, como aquel de Jesús de Getsemaní, de lágrimas, de sudor y de sangre. Aquí está el secreto de tantas vidas fecundas de nuestros misioneros y de nuestras monjas contemplativas, de tantas vocaciones dominicanas en el claustro o en el mundo, silenciosas y crucificadas, pero infinitamente poderosas sobre el Cuerpo místico de Cristo. La oración dominicana, hija de la caridad redentora, se eleva día y noche en toda la Orden hacia Dios. Señor ¿qué va a ser de los pobres pecadores?

Siguiendo las huellas del Crucificado del Gólgota, un alma dominicana salva más almas por su oración contemplativa y corredentora que por su palabra o por el poder de la acción. Todos nuestros santos fueron hombres de oración continua y de inmolación.

La oración era la palanca poderosa que les servía para elevar el universo hasta Dios.

Pero en la oración dominicana, el primer lugar corresponde a la alabanza. "Alabar, bendecir y predicar a Dios en todas partes": he ahí la razón de ser de la Orden y su única ambición: Laudare, Benedicere et Praedicare. El alma dominicana es teocéntrica; en todas las cosas da la primacía a Dios.
Primacía de la causa primera en todas las realizaciones de nuestra vida espiritual.

Primacía de honor y de dirección efectiva de la sabiduría teológica sobre el estudio de las ciencias profanas.

Primacía de la vida coral, del Opus Dei, en la jerarquía de las observancias monásticas y de nuestros medios de santificación.

Primacía de Dios en todas las cosas. El alma dominicana encuentra su alegría en proclamar y cantar la grandeza suprema de Aquel que es.



ALMA APOSTÓLICA Un alma dominicana es un alma apostólica a quien nada detiene cuando se trata de la gloria de Dios y de la salvación de las almas. Los votos religiosos, las observancias monásticas, el estudio, la oración y la vida de comunidad son medios que tienden a un fin común: dar a la vida dominicana la máxima eficacia apostólica.

El predicador debe consagrarse entera y directamente a la salvación de las almas, dejando a un lado las tareas accesorias y preocupaciones materiales, a ejemplo de los primeros apóstoles, que daban de mano a las preocupaciones, para consagrarse "a la oración y a la palabra de Dios". Sobre todo, nos pertenece el apostolado doctrinal. Cuando la fe está en peligro, el alma dominicana se conmueve y se lanza sin reservas al combate por Cristo. La aparición de San Pedro y San Pablo a Santo Domingo nos indica que la misión salvadora de la Orden es una prolongación en la historia de la Iglesia de la vocación de estos dos grandes apostóles: anunciar a todos los hombres el Evangelio de la salvación. Debemos apoderarnos de todos los medios de difusión de la verdad católica: prensa, radio, cine, televisión. La Orden toma parte con gran eficacia en todos estos puestos de mando del universo humano para responder por ellos a su misión de verdad. Un alma dominicana no es rutinaria, no clama contra el progreso, no se lamenta ante las novedades de la técnica, sino que las toma para el servicio de la verdad liberadora que es el amor. Así se explica que la Orden conserve a través de los siglos su juventud y su espíritu creador para responder a las llamadas de redención.



ALMA FUERTE El alma dominicana es fuerte con la fuerza de Dios. Consciente del valor redentor de la Cruz y en medio de un mundo conmovido y desesperado, posee la audacia de las grande empresas, el genio de las instituciones creadoras, siempre con la mirada puesta en un apostolado eclesiástico, renovado y adaptado sin cesar. Persevera con fe y tenacidad en sus proyectos de salvación sin jamás cansarse. "Los momentos desesperados son los momentos de Dios", y así sucede con frecuencia, que la intervención milagrosa de la Providencia se deja sentir y salvar todo en un instante.

El alma dominicana avanza en medio de las dificultades de la vida, serena y dominadora, apoyada en la fortaleza inmutable de Dios.



ALMA GOZOSA El alma dominicana permanece siempre gozosa en medio de los duros combates de la Iglesia militante. Decía el Señor a Santa Catalina de Siena: "La religión de tu Padre Santo Domingo es gozosa y fragante". A pesar de las angustias redentoras, en el alma dominicana domina la alegría, la inamisible alegría de Dios. El secreto de esta alegría dominicana reside en que tiene la apacible certeza de que Dios es infinitamente feliz en la sociedad de las Tres Divinas Personas, aunque los hombres rehusen conocerle y servirle. En lo más profundo del alma de los santos floreció siempre la alegría y una inalterable paz. Dios es Dios, ¿qué importa lo demás? La alegría de un alma se mide por su amor. Los apóstoles estaban contentos cuando habían sido juzgados dignos de sufrir por Cristo, amado por encima de todo. Cuando más puntiagudos eran los guijarros en los caminos de Langüedoc, tanto más cantaba Santo Domingo.

El alma dominicana sumida en la alegría y sostenida por el mismo espíritu de fortaleza heroica, nacido del amor, canta, canta siempre.



HIJA DE LA IGLESIA El alma dominicana es hija de la Iglesia, siempre pronta a obedecer al Papa, a las directrices de la Jerarquía, siempre dispuesta a consumirse de servicio al Cuerpo místico de Cristo. Conserva en su recuerdo la visión simbólica del Papa Inocencio III, en la cual vio en sueños que el Patriarca Domingo sostenía las columnas de la Iglesia de Letrán, madre de todas las Iglesias del orbe católico. Ha dicho Cristo: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" "Quién os escucha, me escucha; quien os desprecia, me desprecia". El alma dominicana no tergiversa: quien escucha al Papa, escucha a Cristo; la autoridad de Dios habla a través de los obispos y de todos los superiores religiosos. Santa Catalina llamaba al Papa "el dulce Cristo en la tierra". Su docilidad filial a la Jerarquía hizo de ella en grado eminente una verdadera hija de la Iglesia y defensora del Papado, mereciendo ser proclamada después de su muerte Patrona secundaria de Roma y amparar bajo su patronato la Acción Católica.

Un alma dominicana vive y muere por la Iglesia de Cristo.



IMITADORA DEL VERBO El alma dominicana es imitadora del Verbo, ávida tan sólo de la gloria del Padre, deseosa de trabajar en la redención del mundo y en "la consumación de todos los hombres en la unidad" de la Trinidad. Reproduce en todos sus actos interiores los sentimientos del alma de Cristo, adorador del Padre y salvador de las almas. En efecto, el Verbo desempeña una doble función:
En el interior de la Trinidad es la luz divina, lumen de lumine, imagen y resplandor del Padre.
En el exterior, como Verbo encarnado, es el Revelador por antonomasia del Padre de todos los misterios de Dios.
ALMA ENDIOSADA El alma dominicana esta endiosada, no tiene otro deseo que Dios, desea conocerlo, amarle, servirle y eternizarse en El para exaltarle sin fin. Todo es sencillez en la vida de un alma dominicana, fiel a su vocación divina. No se embaraza con miras mezquinas ni con preocupaciones nimias. Ve con amplitud:
Un solo horizonte: Dios.
Un solo móvil: el amor
Un solo fin: la edificación del Cristo total hacia la Ciudad de Dios.
Todo lo demás se esfuma a sus ojos.
Nada, fuera de Dios, retiene su mirada.

Realiza el ideal de Santo Domingo: "No hablar, sino con Dios o de Dios". cum Deo vel de Deo. Los santos dominicos han seguido esta línea de conducta completamente divina. Decía el Señor a Santa Catalina de Siena: "Hija mía, tú piensa en Mí y Yo pensaré en ti". Y en el ocaso de una vida de inmenso trabajo por Cristo, Santo Tomás no quiere otra recompensa que Dios mismo:

"No otra cosa, sino a Ti":nisi Te.

Esta es la actitud fundamental de toda alma dominicana: DIOS, DIOS, DIOS.

Domingo de Guzmán

ALMA MARIANA Finalmente, el alma dominicana es un alma mariana. El prefacio de la fiesta de Santo Domingo pone de relieve los prodigios realizados gracias a esta intimidad mariana. Bajo la guía constante de María, nuestro santo Patriarca ha renovado en la iglesia la forma de la vida apostólica, ha lanzado por todo el mundo intrépidos campeones de la fe y ha ganado para Cristo innumerables almas. Al morir dejó en testamento a la iglesia: el Rosario, en el cual sus hijos encuentran la forma propia de su devoción a María.

¿Qué dominico o dominica no sueña vivir y morir con el rosario en la mano?

Hay una ley universal en la economía de la salvación: cuanto más mariana es un alma, es más cristiana. De la misma manera, puede decirse: cuanto más mariana es un alma es más dominicana.



SINTESIS ARMONIOSA ILUMINADA POR LA LUZ DE DIOS Por tanto, la vida dominicana es una síntesis armoniosa iluminada por la gran luz de Dios. Todo procede de la fe y se jerarquiza según su claridad. El alma dominicana, instalada en Dios por el amor, no vive sino para su gloria; unida a Cristo en todos sus actos, piensa únicamente glorificar al Padre por El, con El y en El mediante una adoración continua y salvar las almas que le glorificarán eternamente. Vive en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia en un espíritu de fraternidad con todos los hombres, ávida de comunicarles la Verdad que se consume en el Amor.

Todo es luz en el alma dominicana, pero luz que se transforma en amor. Medita a menudo las palabras de Santo Domingo a un clérigo que se maravillaba del poder de su palabra apostólica: "Hijo mío, más que en cualquier otro libro, he estudiado en el libro de la Carida: todo lo enseña el amor". La caridad redentora e iluminadora es la clave de toda vida dominicana: no el amor de la ciencia, sino la ciencia del amor. El alma dominicana es otro Verbo que espira el amor. Su libro preferido es el Evangelio donde habla del Verbo Eterno.

Todas las virtudes florecen en el alma dominicana bajo esta luz divina al soplo de un mismo Espíritu de Amor. Entre estas virtudes, hay tres que resplandecen extraordinariamente bajo los rayos luminosos de la fe: la cruz, la pureza, el amor. La cruz que nos eleva por encima de la tierra: la pureza que nos libra de todo lo que no es Dios; el amor que nos fija en Él.

Tal es la síntesis armoniosa del ideal dominicano: pureza de vírgenes, luz de doctores y alma de mártir. Entonces, introducida para siempre en los esplendores de la visión del Verbo que sucede a las tinieblas de la fe, con Él, por Él y en Él, en sociedad con todos los ángeles y santos, cantará la gloria del Padre al ritmo del Espíritu de Amor con un alma de eternidad.


REGLA DE SAN AGUSTÍN

por Dominicas
domingo, 08 de julio del 2007 a las 06:00
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 I. DE LA CARIDAD Y DE LA VIDA COMÚN

Ante todo, Hermanas carísimas, amemos a Dios, después al prójimo, por que estos preceptos son los principales que se nos han dado. Y para que los observéis las que profesáis la vida monástica, os mandamos las cosas siguientes:

Lo primero, es que el fin principal porque estáis congregadas en Comunidad, es que viváis unánimes en el Señor, no teniendo más que un alma y un corazón en Dios.(Act.IV,32)

No tengáis nada propio, sino que vuestras cosas sean comunes a todas. La prelada distribuya a cada una el alimento y vestido, no de un mismo modo a todas, porque no todas son en sus necesidades iguales, sino según cada una necesitare. Así leemos en los Hechos de los Apóstoles que tenían todas las cosas en común, y se distribuian a cada una según su necesidad.(Act.IV,35).

Las que en el siglo tenían bienes temporales, al entrar en el Monasterio, entréguenlos gustosas a la comunidad; y las que no lo tenían, no busquen en el Monasterio las cosas que no pudieron tener fuera. No obstante, se debe proveer a sus necesidades aunque afuera hubieran sido tan pobres, que ni lo necesario hubieran podido encontrar. Pero no se crean felices porque en el Monasterio encontraron alimento y vestido que no tuvieron en el siglo.

2. DE LA HUMILDAD

Ni se envanezcan, porque viven en compañía de aquéllas a quienes en el mundo no se atrevían a acercarse. Antes, por el contrario, levanten su corazón a las cosas divinas, y no busquen las vanidades terrenas: no venga a suceder, que los Monasterios sean últiles a las ricas y no a las pobres, si las ricas se humillan y las pobres se ensoberbecen. Las que por su nobleza y por su riqueza eran honradas en el mundo, no desprecien a sus hermanas, que aunque pobres, vinieron buscando su santa compañía. Antes bien, se han de gloriar, no de la dignidad de sus padres ricos, sino de la compañía de sus hermanas pobres.

No se envanezcan tampoco si hubieran dado de sus bienes a la Comunidad; ni se ensoberbezcan de las riquezas repartidas con el Monasterio, más que si las gozaran en el siglo. Porque, ¿de qué aprovecha repartir las riquezas con los pobres, y hacerse pobre una misma, si al mismo tiempo el alma miserable se hace más soberbia, al despreciar las riquezas que cuanto las poseía?

III. DE LA ORACIÓN Y DEL OFICIO DIVINO

Asistid constantemente a la oración en las horas y tiempos señalados. En el oratorio, ninguna se emplee en otra ocupación sino en orar, para lo que está destinado, como lo indica su mismo nombre, a fin de que si alguna (permitiéndolo sus ocupaciones) quisiere orar fuera de las horas establecidas, no sea impedida por las que en él intentasen hacer otra cosa.

Cuando rezéis los salmos, himnos u otra cualquiera cosa, tened en vuestro corazón lo que pronunciáis con la boca. No cantéis, sino lo que está determinado que se cante.

IV. DEL AYUNO Y DE LA LECTURA EN LA MESA

Domad vuestra carne con ayunos y abstinencia, en la comida y bebida, cuando lo permita la salud. Cuando alguna no pueda ayunar, no por eso coma fuera de la hora ordinaria, si no estuviera enferma.

Cuando os sentéis a la mesa, hasta que os levantéis de ella, oid sin rumor no alboroto lo que, según costumbre, se os leyere: para que de esta manera tomando el cuerpo el sustento necesario se alimente también el alma con la Palabra de Dios.

V. DEL CUIDADO DE LAS ENFERMAS

Cuando a las que padecen habitual o larga enfermedad se les concede alguna especialidad en el alimento, no sea esto sensible ni odioso a las que son de robusta complexión. Ni estas deben tener como más felices a las que ven tratar con más regalo; antes las fuertes y robustas se deben alegrar, porque pueden tolerar lo que las otras no pueden; por tanto, si a las que vinieron a la Religión de vida más regalada, se les concediera alguna cosa en la comida o en el vestido que no se concede a otras más robustas, y por lo mismo más felices; consideren éstas, el sacrificio que hacían aquéllas personas con la mudanza de vida, por más que no puedan seguirlas en la austeridad del Monasterio. No todas han de querer ser iguales en el tratamiento: pues el mayor regalo que se concede a algunas, no se hace para honrarlas, sino para sobrellevarlas; porque sería una perversidad detestable, que en la Religión, donde las ricas se esfuerzan por hacerse laboriosas las pobres se hagan delicadas.

Así como conviene a las enfermas tomar poco alimento, para que no se agraven, así a las convalecientes se les asistirá con el cuidado y regalo posible para que recibrando prontamente sus fuerzas, vuelvan a la antigua observancia y esto, aunque hayan sido muy pobres antes de venir a la Religión, porque a éste les concede la necesidad en el Monasterio, lo que a las ricas su antigua costumbre. Pero cuando hubiesen recobrado sus fuerzas perdidas, vuelvan a su antigua costumbre, que es tanto más propio de las siervas de Dios, cuanto tienen menos necesidades; no sea que la gula las haga continuar en el tenor de la vida a la que la necesidad las obliga estando enfermas. Ténganse por más afortunadas las que fueran más fuertes para sostener la templanza. Porque no es más rico el que más tiene, sino el que de menos necesita

VI. DE LA MODESTIA

No sea vuestro vestido tal que llame la atención, ni deséeis agradar con los vestidos, sino con vuestras buenas costumbres.

Cuando salgáis del Monasterio, id juntas, y cuando regreséis de donde habéis ido, regresad juntas. En el andar, estar sentadas, en vuestro porte y en todos vuestros movimientos, no hagáis cosa alguna que ofenda la vista de quien os mire, sino que todo corresponda a la santidad de vuestro estado. Si acaso por necesidad pusieréis los ojos en algún hombre, sea de paso y sin detención.


VII. DE LA CORRECCIÓN FRATERNA

Si alguna advirtiese este modo de mirar libre y desenvuelto en alguna de sus hermanas, amonéstela sin demora, para que no pase adelante su mal comenzado, sino que se remedie con la corrección. Pero, si después de amonestada una vez, viéreis que en el mismo o en otro día cae en la misma falta, cualquiera que la entendiere, descúbrala, para que sea curada de esta herida. Antes hará sea observada de una o dos, a fin de que pueda ser convencida con el testimonio de dos o tres, y castigada con toda severidad.

No creáis que sois malévolas, cuando en casos semejantes descubrís este delito. Antes bien, seríais culpables si pudiendo corregir a vuestras hermanas con manifestarlas, permitiéseis que pereciesen por ocultarlas. Y sino decidme: Si tu hermana tuviese una herida peligrosa en el cuerpo, que por temor de la cura la quisiese ocultar; ¿no sería en tí crueldad encubrirla y misericordia el manifestarla?, ¿pues con cuánta mayor razón deberíais descubrir la herida del alma, para que en lo interior no se corrompa?

Pero, antes de manifestarlo a otras que puedan deponer de ella, si, avisada no se corrigiese y negase la culpa cometida, se ha de dar aviso a la Prelada, para que si fuese posible la corriga en secreto sin que lo entiendan las otras. Pero si negase la culpa, entonces depondrán los testigos lo que vieron, en presencia de las demás y pueda ser convencida de su delito con el testimonio de dos o tres. Convencida la prelada le impondrá el castigo merecido. Si se resistiese a él, echadla de vuestra compañía, aunque ella lo resista. Eso no es obrar con crueldad, sino con misericordia, pues no es razón, que con su ejemplo inficiones a muchas.

Esto mismo que he dicho de la vista, se ha de observar fiel y diligentemente en inquirir, prohibir, manifestar y juzgar los demás pecados, con amor a las personas y aborrecimiento de los vicios.

Si alguna llegase a tanto mal, que reciba ocultamente cartas o dádivas, si de su voluntad lo confiesa se le perdonará y oraréis por ella. Pero si es sorprendida y convencida, será castigada según el rigor que parece a la Prelada.

VIII. DE LA GUARDA DE LAS COSAS EN COMUNIDAD

Tened vuestro vestidos en común, bajo el cuidado de una o dos o de las que fuesen necesarias para que los aseen y limpien, y no los consuma la polilla, para que, así como os alimentáis de una misma despensa, os vistáis de una misma ropería. Por vuestra parte, no reparéis si el vestido que os dieren, según las circunstancias del tiempo es el mismo que dejastéis, o si es otro que haya usado otra religiosa, con tal que se dé lo necesario a cada una.

Mas si por esta causa resultasen entre vosotras disputas y murmuraciones, y se quejase alguna de que el vestido que se le da es peor que el que dejó, o se le da mejor a las otras, de aquí podréis inferir cuánto falta al hábito interior del corazón, a las que así disputáis por el hábito exterior del cuerpo. Mas si por tolerar vuestra flaqueza, os dieran el vestido que teníais antes, pondréis el que dejásteis en la ropería, bajo el cuidado de las roperas; de manera que ninguna trabaje para sí, sino que todos vuestros trabajos sean para beneficio común, con mayor solicitud y con alegría más asidua que si cada una trabajase para sí.

Porque la caridad, de la que está escrito que no busca el propio interés, así se entiende, que antepone los bienes comunes a los particulares, no los particulares a los comunes. Y por lo tanto, cuanto mayor cuidado pusiéreis en las cosas comunes que en las vuestras, tanto más habréis adelantado, procurando que en las cosas transitorias de que usa la necesidad temporal, sobresalga la caridad, que nunca se acaba. De aquí se sigue que si alguno diese a sus hijas o parientes que tiene en el Monasterio, algún vestido u otra cualquiera cosa para las necesidades que se ofrecieren, no se reciba ocultamente, sino que se ponga a disposición de la Prelada, para que aplicado a la comunidad, se distribuya a la que lo necesite. Pero si alguna ocultase lo recibido, será castigada como reo de hurto.

Vuestros vestidos serán lavados por vosotras, o por lavanderas, según dispusiere la Prelada, no sea que el demasiado apetito de la limpieza exterior del vestido ocasiones manchas interiores en el alma.

X. DE LA PAZ Y DEL MODO DE CONSERVARLA

No haya contiendas entre vosotras, y si alguna se suscitase, acábese cuanto antes; no sea que la ira se convierta en odio, y de una paja, se haga una viga, y se haga el alma homicida; pues está escrito: El que aborrece a su hermano, es homicida (I Juan,III,5).

Si alguna ofendiere a otra con injuria, maldición o con echarle en cara algún delito, procure cuanto antes remediar este daño por medio de una debida satisfacción, y la ofendida perdone sin dificultad. Si mutuamente se ofendieren, mutuamente se deben perdonar, mediante vuestras oraciones, las que prcuraréis sean más fervorosas cuanto son más frecuentes. Por lo demás, es más digna de compasión la que, aunque se irrite muchas veces, es pronta en pedir perdón, que aquella que, aunque rara vez se enoja, con dificultad se humilla a pedirlo. Mas la que no quiere pedir perdón, o no lo pide de corazón, por demás está en el Monasterio, aunque no sea expulsada de él. Por lo tanto, os habéis de guardar de deciros palabras injuriosas, y si alguna vez salieren de vuestra boca, no os avergoncéis de que proceda la medicina de la misma boca que hizo las heridas.

Pero cuando la necesidad de mantener la observancia o de corregir las malas costumbres, os haya forzado a usar de palabras duras, aunque conozcáis haberos excedido algo, no se exige de vosotras que didáis perdón a vuestras súbditas, si sois superioras; porque pudiera suceder que, por humillarse demasiado, padeciese detrimento la autoridad para gobernar. Pero sí, deberá pedir perdón al Señor, el cual bien conoce cuanto amáis a aquellas a quienes habéis corregido con exceso. No sea carnal, sino espiritual, el amor que reine entre vosotras

XI. DE LA OBEDIENCIA

Obedeced a la Superiora como Madre y mucho más al Superior mayor que tiene el cuidado de todas.

Y para que todo esto se conserve, si en algo se faltare, no se deje pasar por negligencia, sino se corregirá y castigará, y si ocurriese algo que exceda la autoridad y fuerzas de la Prelada local, recurra ésta al Superior mayor, que tiene sobre vosotras el poder necesario.

La que os preside no se tenga por afortunada por la autoridad que tiene de mandaros, sino por la caridad que tiene el deber de ejercitar. Ante vosotras la Prelada sea la primera en el honor, pero ante Dios, por temor, se considere a los pies de todas. Sea para todas un ejemplar de buenas. Corrija a las turbulentas, consuele a las plusilánimes, reciba con caridad a las enfermas, sea paciente con todas. Sea pronta en la observancia y exíjala a las otras con su resolución. Y aunque sea neceserio que sea amada y temida de vosotras, apetezca más bien ser amada que temida pensando siempre que ha de dar a Dios cuenta de vosotras. Por lo tanto, debéis obedecerle más y condoleros, no sólo de vosotras mismas, sino también de ella, que tanto está en mayor peligro, cuanto más alto puesto ocupa.

XII. CONCLUSIÓN Os conceda el Señor que observéis todas estas cosas como amantes de vuestra hermosura espiritual, esparciendo con vuestra conducta edificante el buen olor de Cristo, no como esclavas bajo el yugo de la ley, sino como hijas libres bajo la dirección de la gracia.

Y para que en este libro, como en un espejo, os podáis mirar y nada se olvide por negligencia, léase un vez en la semana en presencia de todas. Y si halláreis que habéis observado todo cuanto está escrito, dad gracias al Señor, dispensador de todos los bienes. Mas, si alguna conociere haber faltado en algo, duélase por lo pasado, cautélese para el futuro, rogando que le sea perdonada su falta y que no caiga en la tentación.

Fin de la Regla de San Agustín, Obispo.

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